22 de febrero de 2017

Perder calidad de Vida

Una conocida periodista ha dicho, públicamente, que <<tener hijos es perder calidad de vida>>.

Muchas mujeres, anónimas, han defendido ésta afirmación, pues sienten que la falta de horas de sueño influyen negativamente sobre su vida cotidiana y estado de ánimo. 

Hace casi 7 años, yo misma sufrí las consecuencias de tener un bebé que no dormía, y recuerdo perfectamente lo agotada que me sentía. Aunque, bien es cierto, que en aquel momento no pensé que había perdido calidad de vida, pues mis prioridades pasaron a ser otras y la percepción de mi entorno también.

Obviamente, no pretendo "despellejar" aquí a la periodista, ni hacer una "disertación" sobre lo que supone para unas u otras mujeres la maternidad, pero sí me gustaría hablar de cómo he perdido mi calidad de vida y no precisamente al convertirme en madre.

Soy una mujer joven, que el próximo 15 de marzo cumplirá 35 años, la cual hace tiempo empezó a perder calidad de vida.

Desde que el año 2010 los síntomas de la Endometriosis se hicieron ineludibles mi vida empezó a cambiar. Hoy en día, tras dos operaciones y una Histerctomía completa, no tengo dudas de que mi vida se ha visto dañada por la enfermedad.

"Tengo que luchar cada día para encontrar la fuerza que me haga salir de la cama".

Pese a no rendirme y seguir batallando una lucha interna entre cuerpo y mente, lo físico va minando a lo mental, provocando que muchos días solo quiera esconderme en un rincón oscuro, donde nadie me vea.

Perder la capacidad para desarrollar tareas cotidianas como tender la ropa, fregar o volver con dos bolsas del super, son situaciones que me desesperan. 

Pero cuando vas viendo que la lista de lo que no puedes hacer aumenta e influye a otras personas de tu entorno el sentimiento pasa de la desesperación a la aniquilación del raciocinio.

Y en éste punto es cuando puedes afirmar, sin pudor, que la Endometriosis te ha hecho perder calidad de vida, que el dolor crónico te ha hecho perder calidad de vida y que el estrés mental de todo lo que soportas te han hecho perder calidad de vida.

Pero bien sé que nunca hay que darse por vencida y que el resultado de ésta guerra sólo depende de mi. Ahora bien, el proceso no es nada fácil y sinceramente tampoco es esperanzador.

Son muchos los frentes abiertos que hacen que mi vida sea un poco más dura o difícil. También es cierto que tener un pequeño por el que luchar es el mejor estímulo pero, ¿será siempre suficiente? 

"La enfermedad y dolor crónicos dañan a todos los niveles a la persona que lo padece y a su entorno". 

La calidad de vida es posible recuperarla. Eso quiero creer. Así que tengo esperanza de que cuando me empiecen a tratar en la unidad del dolor logren paliar los dolores y pueda ir sacando todo aquello que se ha colado en mi mochila.

Mientras seguiré pensando que mi calidad de vida se perdió y ahora está escondida, aterrada, buscando el camino de vuelta.





30 de agosto de 2016

El día H

"Hoy te escribo a ti, en realidad siempre te he escrito. No pretendo que seamos amigas, sólo espero que comprendas que no estás sola y que aquí siempre me encontrarás". 
Se van a cumplir 3 meses del día en que intenté cambiar mi vida, del día en que lucharía cara a cara contra una enferma crónica, del día en que sabría que es sentir pavor, del día en el que la esperanza entraba conmigo a un quirófano vasco, el día H.

Ese día fue 14 de junio. Tenía programada mi #histerectomía a las 8 de la mañana, por lo que tuve que levantarme especialmente pronto ya que debía viajar desde #Santander a #Bilbao El camino no es muy largo, pero para mi fue el más largo de todos.

Al llegar al Hospital de Cruces pasé por admisión y tuve que esperar turno en una sala repleta de enfermos esperando a ser llamados a #quirófano 

Al fin, dijeron mi nombre por megafonía y pasé tras una cortina en donde una auxiliar me rasuraría, embadurnaría de betadine y facilitaría unas medías blancas, todo para volver a esa sala de espera, a esperar.

No sé si esperé mucho tiempo pero me lo pareció. Tal vez serían las 9 de la mañana cuando el celador me llamó y me condujo, andando, hasta la entrada del quirófano. Allí me sentaron en una silla mientras terminaban de prepararlo todo y conocía al anestesista, los cirujanos y el resto de personal médico. 
"Sentada como quien hace fila en la peluquería, con mis nike y mi bata enseñando culo, esperaba mi destino".
Al fin entré, por mi propio pie y del brazo de una enfermera, al quirófano (una sala pequeña, antigua, en donde se notaba que habían pasando cientos de miles de mujeres) Me coloqué en una silla de partos, me ataron (muy fuerte) las piernas, luego los brazos, me pincharon, colocaron las vías y anestesiaron.

5 horas después despertaba en una sala repleta de camas, colocadas en circulo, en donde había hombres y mujeres intubados o no, auxiliares y enfermeras deambulando por allí hablando del nuevo cambio de loock de una de ellas. Yo no podía hablar. Esperaba a que alguna se acercara. 

Sentía un dolor muy fuerte en mi costado derecho, a la altura donde antes hubo un ovario, y mi pierna derecha estaba dormida desde la rodilla hasta el pie. Nadie le doy especial importancia.

No supe más hasta estar en planta y serían mis padres y marido quienes me contaran cómo había ido todo. 

Ninguna novedad, me habían extirpado el cuello del útero, el útero, ambas trompas y el ovario derecho. Habían logrado quitar todas la adherencias que, cual bola de chicle, estaban alojadas entre mi vejiga e intestino, conservando mi ovario izquierdo.
"La operación había sido un éxito. Habían erradicado por el momento la enfermedad. Ya no tenía #Endometriosis."
La primera noche no fue nada fácil. No me podía mover al no sentir en absoluto la pierna. Tenía una sonda que comenzaba a molestar, el gotero... me sentía muy rara con toda la droga que me administraron para el dolor. Pero las enfermeras eran ángeles que me cuidaban y mimaban mientras Mufasa roncaba en una silla rota fabricada antes de la posguerra.

La mañana siguiente quisieron levantarme pero me mareé. Casi me desmayo. Luché mucho hasta que lo logré. Seguía sin sentir la pierna. 

Cuando pasó a visitarme el ginecólogo/cirujano le comenté lo de mi pierna e indicó que seguramente sería consecuencia de la postura de quirófano (no le dio importancia). Me explicó, muy detalladamente, qué me había hecho, qué habían encontrado y cómo se me había roto una artería, la cual tuvo que coser, al extraer mi ovario derecho.

El día 16 me dieron el alta, tras revisión de los neurólogos por lo de mi pierna. Me pautaron reposo relativo durante 1 mes.

El viaje de regreso a Santander, con los puntos, los dolores y sin poder moverme bien fue un infierno. Tuvimos que parar por el camino porque no soportaba el dolor. Es uno de los peores recuerdos de aquellos días junto con tener que pincharme la tripa.

Pero desde entonces hasta ahora han pasado muchas cosas. 

Por la pierna: He tenido que ir al servicio de urgencias para descartar un trombo y someterme a una prueba, pautada por los neurólogos, para comprobar que el sistema nervioso no había sido dañado en la operación.

Por la operación: He tenido que ir al servicio de urgencias porque sufrí una infección interna, ya que se depositó sangre en las cicatrices de la cúpula de la vagina. Por fortuna se curó con antibióticos orales evitando así tener que permanecer ingresada.

Hoy no estoy bien. Tengo dolores pélvicos, dolores al orinar, dolores en el conducto urinario, algún que otro sofoco, dolores en la nalga derecha, en la parte baja de la espalda.... podría enumera todo lo que me duele, aunque acabaría antes diciendo lo que no. 

Las ginecólogas que me vieron el mes pasado me dijeron que aun era pronto para valorar, pues me he sometido a una cirugía mayor que tiene un proceso de curación interno diferente en cada mujer, en cada paciente.

El médico de cabecera directamente no sabe por dónde le pega el aire.

Yo he buscado una buena fisioterapeuta del suelo pélvico pues estoy muy leía y sé que si quiero que estos dolores mejoren y no sean crónicos (cosa que tal vez ya sean) debo ocuparme yo misma. Pese a todo tengo miedo y aun no he dado el paso.

La decisión de someterme a ésta cirugía fue pensada, sopesada y la tome muy decidida. Hoy por hoy no me arrepiento y volvería a dejar que me quitaran el útero sin pensarlo.

En la actualidad no estoy tomando ningún tratamiento hormonal pues así lo hemos acordado mis ginecólogos y yo. 

He vuelto a ser yo. Con mi carácter norteño a tope, mis ataques de risa (esos que me ahogan y hacen llorar de alegría), he vuelto a jugar con mi hijo, a disfrutar de mi sobrino, he vuelto a cantar porque sí, a estar feliz de la noche a la mañana.... 
"Vivir sin hormonas es una bendición".
No obstante no bajo la guardia sobre todo ahora que los dolores vuelven a estar presentes a diario. 



8 de agosto de 2016

Fotocopia de mamá

Es cierto que los niños pequeños son esponjas y que copian conductas del resto de seres que los rodean, sean humanos o no.

Cachorro ha sido un bebé despierto, con 15 meses hablaba perfectamente y comenzó a caminar a los 10. Copiaba todo lo que hacíamos y se nos caía la baba admirándole. ¿Os suena? Los padres somos todos iguales.

La imitación continua hoy en día. Pobre de mi como se me ocurra decir que no quiero comer más, que encuentro la comida salada... él dejará de comer también, aunque le esté gustando. 

Pero con ésto ¿a dónde quiero llegar? 

Cachorro ya es un niño mayor, 6 años son muchos años,  ya no queda nada de mi bebé aunque sigo sorprendiéndome y aprendiendo de él.  

Cada vez despunta más su propia personalidad y se separa de mi. Pese a todo, sigue siendo una fotocopia de mamá. Y no me refiero a que nuestro color o número favoritos sean los mismos, o a que nos guste la misma comida, películas o música. No, aunque también.

Cachorro es igual de sensible que yo. Ambos lloramos ante escenas tristes, ya sean en la vida real o a través de una pantalla. Nos emocionamos al oír nuestra canción favorita o se nos ponen los pelos de punta viendo una obra de teatro.

Ambos somos muy imaginativos y tenemos ese punto de locura simpática. Qué niño no...

El miedo a la oscuridad, a monstruos en la noche o a que se plante un zombie en nuestra habitación y nos chupe el cerebro es algo repetitivo en la infancia de los dos. (valeee ésto está cogido con pinzas, pues son temores propios o típicos de la edad, pero ya que a su padre no le pasaba -es el valiente de la familia- y a mi sí... me lo apunto; además yo sigo corriendo por el pasillo en mitad de la noche para ir al baño)

Bailar mientras nadie nos ve. Mirarnos en el espejo y mantener conversaciones eternas. Inventarnos canciones. El sonido de nuestra risa. El gusto por estar acompañados. Dormir agarrando las sábanas...... ¿Aprendido o innato? no lo sé. 

Lo que sí sé es que mi pequeñajo se parece una barbaridad a mi y eso me hace inmensamente feliz pues, a fin de cuentas, yo no estoy tan mal ¿no?


Y vuestros hijos ¿a quién creéis que se parecen?


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